Soy actriz, profesora de teatro, coach ontológica y coach TDAH.
Y durante muchos años fui también la que podía con todo.
La responsable.
La que resolvía.
La que tenía mil ideas.
La que parecía funcionar bastante bien desde afuera, pero por dentro era otra historia.
Cabeza a mil. Autoexigencia. Proyectos empezados y abandonados. Mucha energía puesta en intentar funcionar "como debería".
Mi diagnóstico de TDAH me ayudó a entender muchas cosas que durante años había interpretado como falta de disciplina o inconsistencia. Empecé a comprender mejor cómo funciona mi atención, por qué podía entusiasmarme muchísimo con algo y después perder el hilo, por qué algunas tareas simples me costaban tanto y por qué vivir exigiéndome más nunca había sido la solución.
El teatro me enseñó algo distinto: que también pensamos con el cuerpo, que muchas veces actuamos personajes que alguna vez nos ayudaron a encajar o a protegernos, y que esos mismos personajes pueden terminar agotándonos. También aprendí que cambiar no siempre empieza entendiendo más. A veces empieza haciendo algo diferente con el cuerpo, la voz, la presencia o la manera en la que ocupamos un espacio. Para modificar y entender algo, muchas veces, primero tengo que ponerme en movimiento.
El coaching me dio preguntas, lenguaje y una forma de acompañar procesos sin ponerme en el lugar de quien tiene la respuesta correcta. Me enseñó a escuchar cómo una persona interpreta lo que le pasa, qué historias repite, qué decisiones viene postergando y qué posibilidades todavía no está viendo. Mi trabajo no consiste en decirle a alguien cómo debería vivir, sino en ayudarla a mirar con más claridad, cuestionar lo que ya no le sirve y encontrar una acción que tenga sentido para su realidad.
La vida no es un examen.
Hoy integro esas tres miradas en mi trabajo.
Conversación, cuerpo y acción concreta.
Acompaño a personas que funcionan, resuelven y siguen adelante… pero están cansadas de vivir con tanto ruido interno.
Y sí: sigo teniendo una cabeza intensa.
Sólo aprendí a hablarme y a escucharme de una manera mucho más amable y consciente.